Sobre artículos.
Cierto día había finalizado un artículo, un reporte de un caso de un vólvulo cecal, específicamente lo que se denomina como báscula cecal. Si bien los dentro de la familia de todos los vólvulos, los cecales son raros, y de entre los tres tipos que existen la báscula es el más raro. Cabe aclarar que existen tipos más raros, como el gástrico y el de colon transverso, los cuales representan auténticos unicornios para el cirujano. Con un poco de suerte, en mi vida profesional alcanzaré a ver uno de ellos. O no. Porque realmente son raros. Sin embargo, con la suerte que a veces tengo, es muy probable que alguno de esos casos mitológicos llegue a mis manos.
Entonces, como cada vez que tengo un caso raro en mano, me documento, leo sobre el tema, y si lo amerita, visualizo un artículo. La báscula cecal ameritó que pusiera manos a la obra (o al teclado). Tras varios días de trabajo, finalmente logré ensamblar el escrito. Agregué un dibujo ilustrativo de los tipos de vólvulos cecales. Estaba más que satisfecho con la tarea realizada. Era momento de enviarlo a una revista de mediano reconocimiento. Cargue los documentos en el correo y me deshice del proyecto. Al menos por un rato. Habría que esperar las primeras recomendaciones y correcciones. Liberado temporalmente de aquel yugo, recordé otro caso que me fue mostrado por un residente de cirugía de primer año, el cual había sido presentado como cartel en un congreso y que ahora él deseaba difundir como artículo. Inicialmente le plantee que avisará al cirujano que había operado dicho caso, a fin de no entrar en conflicto por mi intervención. Habiendo señalado que alguna vez había platicado sobre este escenario con aquel cirujano, no había dado ninguna muestra de rechazar mi ayuda. Así que motivado por mi libertad transitoria en tanto me hicieran llegar las correcciones requeridas, le envié mensaje para que me enviara todo lo referente al caso.
Como contestación, un escueto mensaje donde prácticamente rechazaba mi ayuda, pues al volver a platicar con el cirujano sobre el plan, había señalado que lo harían entre ellos dos. Tras leer el mensaje, comencé a llorar...
Claro, el llanto es una metáfora y no por la negativa de su mensaje, lo cual me tenía sin cuidado. Lloré (metafóricamente, vuelvo a aclarar) porque el editor de la revista a la cual había enviado mi artículo me hizo llegar una lista enorme de cambios que tenía que hacer a la estructura de mi escrito para siquiera aspirar a que los revisores se dignaran a leer mi documento. Y todo en un plazo de dos días. El rechazo del residente me quedaba a modo para retomar mi proyecto y cumplir con los requisitos en el tiempo estipulado.
Al final, envié un nuevo documento con las modificaciones solicitadas. Me sentí libre de nuevo. Luego, otro correo. Ahora de un caso raro de apendicitis que había enviado semanas antes. Era otras enorme lista de modificaciones de otra revista. Los trabajé y re-envié el escrito. Y eso que solo eran casos clínicos, no un estudio más profundo. Y es que en medicina, los reportes de casos clínicos tienen un estatus y nivel de evidencia muy bajos. Apenas están por encima de las editoriales y de los artículos que muestran la opinión de un experto. Si creen que una opinión de un experto tiene alguna validez, seguramente no se han dado una vuelta por Twitter. Mi autoridad no daba para escribir una opinión de experto. Pero casos, esos si. Siempre había algo raro que estudiar. Eso debido a que cada cuerpo reacciona diferente y a veces nos da sorpresas. Yo hago reporte de casos porque es lo que tengo a la mano y porque aprendo de lo que veo. Si un vólvulo cecal se me presenta en el futuro, sabré como diagnosticarlo y brindarle el mejor tratamiento. Me gustan porque me hacen revisar el tema más someramente que solo leerlo en algún libro.
Un par de días después, volví a pensar en el caso del residente donde no fui requerido. Me pareció genial terminar ahí mi brevísima colaboración. Al entrar a trabajar con ellos crearía una verdadera discrepancia de opiniones sobre el orden de autoría del escrito. Me explico: El orden en que va apareciendo cada autor tiene mayor peso curricular y de prestigio. De esta forma, el primer autor tiene mayor peso que el segundo y el segundo del resto. Y para fines prácticos, podría ser que el primer autor tiene la única relevancia. No es raro ver citado un artículo como «según Pérez y colaboradores». Los colaboradores no son mencionados. Solamente cuando se trata de dos autores, podrían mencionarse ambos, algo así como «...según Watson y Crick, bla bla bla». Con tres autores ya ocurre eso. En lugar de «según Hugo, Paco y Luis», es solamente «según Hugo y colaboradores». Ahí la importancia de ser el primero autor.
El problema es que todos quieren ser el primer autor, pero no todos lo merecen. Me explicaré con lo ocurrido con un par de experiencias.
La primera, fue precisamente con mi primer artículo científico. Cursaba el final de mi segundo año de residencia cuando uno de mis residentes superiores comentó al aire el desconcierto sufrido por el rechazo de un artículo que había enviado a una revista, el cual había sido basado en su tesis de su futura titulación. Me ofrecí a ayudar. Aunque nunca había escrito un artículo científico, si había colaborado con algunos e-zines para aficionados a la ciencia ficción. Pensé que no seria difícil. Nada más alejado de la realidad.
Al revisar la estructura del artículo enviado por el residente, me pareció mas que desastroso, con una forma pueril de escribir. Hubo que rearmar por completo el escrito, buscar nuevas referencias, seleccionar y editar algunas fotos, y hacer un algoritmo. La mejora fue notable. Y no era porque yo lo hubiera hecho. Tuve que aprender la manera correcta de citar las fuentes, a buscar la información, a darle la estructura de un artículo científico. Nadie me enseñó, tuve que ser enteramente autodidacta.
Después de rehacer el documento, vino el momento del envío. Tras algunas semanas, la respuesta llegó. Había que hacer algunos pequeños cambios. Los realice con premura y volví a enviar el documento corregido. Otras semanas más y, finalmente, el artículo había sido aceptado y se publicaría algunos meses adelante. En esa ocasión, el orden de los autores fue el siguiente: Yo, el residente que había hecho la tesis y el del tutor de la tesis. Cometí el error de no concensarlo con ellos. Lo decidí así, y así se hizo. Lo sentí por el residente, pues al final era resultado de su tesis. Sin embargo, yo había re-elaborado todo el escrito casi desde cero. Sin mi esfuerzo, no hubiera sido publicado. En cuanto al tutor de la tesis, no me importó mandarlo a tercer lugar. Por lo que supe, su intervención en la tesis había sido el firmar su aprobación y su intervención en el artículo había sido nula. Integrar su nombre al artículo fue un favor, no un derecho ganado.
Más adelante, un caso similar. Un artículo fallido sobre un raro síndrome. Me pidieron que lo revisara y si se podía, lo mejorara. Al leerlo pude ver qué estaba fatal, incluso más que el de mi primera experiencia. Solo cuatro artículos, una pésima redacción y unas fotografías mal editadas. Nuevamente comencé de cero, sume veinticuatro referencias totales, unas fotos mejor editadas, un dibujo explicativo y un texto mucho mejor redactado. Esta vez me ganó una conciencia mal enfocada: deje que el cirujano dueño del caso recibiera la primera autoría. Eso a pesar de que el artículo por completo fue elaborado por mi, sin ninguna revisión por los otros autores. El artículo se envió y fue aceptado. Con todo, recibí el reclamo del otro adscrito, por colocarlo en tercer lugar, en vez del segundo lugar que ocupaba yo. En lo posterior, me arrepentí de tomar esa decisión. El caso era del primer autor, pero el artículo por completo lo había hecho yo. Yo debí ser el primer autor, pero mi conciencia me hizo tomar la decisión de ceder mi puesto. Sencillamente no debí tomar el trabajo, pues sería una resolución en la que nadie cedería.
Pero aprendí.
Ahora mis trabajos son míos. Tengo colaboraciones en algunos, porque me han ayudado en algunos aspectos del artículo. Pero la mayoría la hago yo. Y si tomaba el artículo del residente, volvería a estar en una posición de no ceder mi lugar, aunque el caso haya sido de otro cirujano. Y con seguridad, ese otro cirujano tampoco cedería su puesto. Vendría a reclamar que el había operado y que solo por ello merecía estar ahí. Yo no haría más trabajos gratis. Mejor que me hayan expulsado a generarme más conflictos. No cedería mi trabajo y esfuerzo.
Haber quedado fuera de aquel proyecto fue bueno. Era como quedarme sin una rebanada de pastel, teniendo al otro lado un bufet de pasteles, mas grandes y deliciosos. Archive la información que me había brindado el residente. Abrí otra de mis carpetas y retome otro escrito. Siempre hay más pasteles que probar. Siempre hay algo en que ocupar la mente, las teclas de mi computadora y mis trucos. ¿Y si regresa el residente a pedir ayuda? Por eso resguardo la información. Aunque lo mas seguro es que me encuentre buscando rebanadas más grandes en la mesa de pasteles, en vez de conformarme con una escuálida rebanada...
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