Sobre horarios.

      —La entrada al servicio está marcada a las siete de la mañana. Sin embargo, ustedes saben que a las siete y media llegan los adscritos y hay que pasar visita. Todos, ustedes ellos y nosotros. A esa hora deben estar listas las indicaciones, las notas y las curaciones de sus pacientes. Lo mismo aplica para los adscritos de la tarde. Ellos pasan visita a las dos de la tarde —informó el residente de primer año de cirugía—. Así que en realidad, la entrada ustedes la deciden, pero a las siete y media debe estar listo todo... 

     «La entrada ustedes la deciden», quedó flotando en su cabeza. La frase quedó flotando en el aire, con una mezcla de incertidumbre, miedo y coraje. Lo que quería decir era que podíamos llegar a la hora establecida en el reglamento, pero si las curaciones, las indicaciones y las curaciones debían estar a tiempo. No había posibilidad de tener listo todo en treinta minutos. Así que tendríamos que llegar más temprano, otros treinta a sesenta minutos antes de lo establecido en el reglamento. Y al dejarlo a nuestra decisión solo nos aventaba a nosotros esa responsabilidad, esa transgresión a lo estipulado. De esta forma, si alguien los señalaba como los causantes de esa desviación, ellos y los adscritos sólo dirían que nunca se nos dijo que llegáramos mucho más temprano. El problema era completamente nuestro. Fin da la discusión. Y está situación se repetiría otras tantas veces, con otros servicios e, incluso, en la residencia. 

     Durante el internado, la responsabilidad de que todo estuviera listo a la hora del pase recaía sobre los residentes. Así que no me estrese demasiado en esos tiempos. Trataba de llegar temprano, pero si no me era posible (ya sea por el transporte, el sueño o cualquier motivo ajeno a mi), sabía que el residente superior a mi resolvería el problema. A nosotros no nos harían nada. Cualquier cosa que no estuviera a tiempo, el residente sería el castigado. 

     «Ustedes pueden llegar a la hora que quieran, pero todo debe estar listo al pase de visita...». El sentido de esta frase cambia completamente cuando eres residente. Ahora la responsabilidad es tuya, así como los regaños y los castigos. Especialmente en el primer año de la especialidad. Ahí sufrí por aquel médico interno que no llegara temprano para ayudar. Ahí pagué las que había hecho en el internado. 

     Los primeros días de la residencia nos habían indultado cualquier retraso, cualquier curación no entregada a tiempo, cualquier indicación no actualizada. Fueron dos semanas que nos dieron en tanto nos adaptabamos al nuevo ambiente y al funcionamiento del servicio y del hospital. Después de esas dos semanas, todo cambió. Cualquier retraso o falta, se castigaba. Ahora es común escuchar que a los residentes no se les puede castigar porque ello atenta contra sus derechos humanos. Antes los residentes castigaban a su antojo y con consentimiento de los adscritos. Y hay de aquel que fuera de chivato con el coordinador de enseñanza o algún adscrito. El castigo aumentaba. 

     De esta forma, tras alguna falta mínima, podía hacernos acreedores a pasar toda la tarde de nuestra postguardia haciendo actividades dentro del servicio, postergando el añorado descanso. O cancelando los planes que tuviéramos para el fin de semana porque las bolsas escrotales de nuestros residentes se habían hinchado y teníamos que gastar nuestro tiempo libre y de reposo haciendo sus actividades y sus pendientes administrativos. El pretexto podía ser cualquiera: un error en una indicación, en el censo u olvidar un dato sobre un paciente. 

     Al poco tiempo aprendí que la aplicación de esos castigos estaba avalada por los adscritos. «Así aprendimos nosotros» fue la excusa eterna para mantener este tipo de conductas. No podía explicarme como siendo profesionales, es decir, personas con un título universitario, con estudios, con una larga carrera de siete años, éramos sobajados y castigados por otros supuestos profesionales a fin de completar el trabajo de sus guardias. De hacer su trabajo. «Así siempre ha sido». Querían ser diferentes e innovadores. Y no podían cambiar ese sistema medieval. Doble discurso. Y cuando había supervisión por parte de la universidad o de enseñanza, las amenazas salían a flote. Hay de aquel que hablara. Un compañero, harto de ese maltrato habló. Fuimos amenazados con guardias más pesadas, con no entrar a quirófano, con dedicarnos a curaciones y tomas de muestras si volvíamos a hacer lo mismo. No se cumplieron esas amenazas para todos, solo para el que habló. Vivió con agotamiento, con estrés, hambre y sueño, y con desesperanza por un mes. Ya de por sí teníamos raciones de estas condiciones, a él le dieron la tajada mayor. Al final del año, tuvo que escoger una subespecialidad, buscando un horizonte menos tenso. Sobrevivió, pero la depresión pudo haberlo hecho terminar mal. 

     Eran tres residentes de 4o año, tres de 3er año, y una residente de 2o año. El hostigamiento, las amenazas y los castigos vinieron de todos, exceptuando uno de los residentes de 3er año. Más humano, más sensible. Pero uno sólo de siete sujetos que gustaban de aplicar aquello que posiblemente les aplicaron. Jerárquicamente eran mis superiores. En lo personal, eran basuras que se dedicaron a perpetuar un sistema que se basaba en la sobreexplotación dentro de un sistema que ya por si solo explota a los residentes. «Los castigos forman el carácter del cirujano», otra frase que repetían. Basura también. No creo que soportar despierto más de 40 horas seguidas forme a nadie. Tanta fisiología y me era difícil comprender cómo la falta de sueño te daba carácter. Solo sabía que eso te hace más propenso a los errores. Errores que te hacían propensión a más castigos y así se perpetua el círculo vicioso. 

     Cuando me tocó avanzar en la residencia, nunca apliqué esas primitivas acciones. Me enemisté con algunos profesores. Me instaron a castigar de esas formas. No lo hice. Ellos querían ser diferentes en su área, pero perpetuaban este sistema. En este sentido, logré salirme del molde. En los años siguientes quisieron aplicarme el castigo a mi. Ya no me deje. Trabajé y me volví necesario. Nunca se convirtieron en mis amigos, no lo necesité. Tuve mis profesores que pensaban distinto al sistema. No eran muchos, pero me enseñaron bien, sin intentar buscar errores sólo para castigar y sentirse poderosos. No necesite lisonjear a nadie ejecutando castigos sólo para que me dejaran entrar a quirófano.

    «Ustedes pueden llegar a la hora que quieran, pero todo debe estar listo al pase de visita...». Me tocó decirles a los residentes que estuvieron abajo de mi. «Busquen estrategias para poder terminar a tiempo. Ayúdense, avancen desde un día previo, apóyense de sus compañeros de guardia. Hagan estrategias, hagan su trabajo, pero no se desgasten», agregaba al discurso. No podía cambiar yo solo todo el sistema. Era imposible. Pero el descanso en sus postguardias no fue postergado por estúpidos castigos, ni sus planes para los fines de semana fueron cancelados. 

     No por mi...

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