Muertos.

     —¿Y ya has visto muertos...? —preguntó la conocida de la colonia.
     Para ese entonces era un joven estudiante de medicina que recién iniciaba su año de internado. Mi primer servicio fue Medicina Familiar, lo que implicaba que pasaba todas las mañana en una clínica y las guardias en el hospital, apoyando en el servicio de traumatología o urgencias. 
     —Si—respondí, así, a secas. 
     Esa era una pregunta que ya había sido hecha antes y que sería formulada un montón de veces en el futuro. Lo realmente extraño hubiera sido que alguien me hubiera preguntado si ya había recibido el primer bebé, si ya había tratado mi primer infarto o mi primera neumonía, o si ya había ferulizado con elegancia una fractura. Invariablemente, si una familia presume a su hijo como estudiante de medicina con alguien más (otros miembros lejanos de la familia, vecinos o amigos), una de las preguntas que invariablemente será formulada es esa: “¿Ya has visto algún muerto?». 
     —¿Y no te da miedo? 
     Y esa era la segunda pregunta más frecuente. 
     —No... —respondió a secas. 
     Casi podía apostar que ese breve diálogo estaba presente en la vida de cualquier estudiante de medicina, pues la idea generalizada era que todo médico tiene que ver muertos, pero como estudiante de medicina la impresión debía ser mayor. Y en parte es así. En Medicina, la muerte está inherentemente unida a la preservación de la vida. Es bien sabido que muchas enfermedades difícilmente terminarán en muerte. Otras tantas tendrán ese final después de un largo recorrido. Y unas en cuantas enfermedades apenas aparecen viene el último aliento de ese enfermo. Así que si, los muertos se ponen frente  estudiante de medicina casi desde el primer día de la carrera. Y lo hacen disfrazados de objetos comunes. Las piezas óseas de la clase de anatomía pueden ser réplicas de plástico, aunque con frecuencia son huesos obtenidos de cuerpos humanos. Sin embargo, el estudiante de medicina los toca y los estudia como si fueran simples objetos decorativos. O los órganos contenidos en frascos de formol, que en la primera vista los contemplamos con cierto morbo, para después ser simples objetos que llenan los anaqueles de los laboratorios de anatomía, fisiología, histología y patología.
     El primer día que contemplé un corazón en un frasco o el primer cerebro los aprecié con admiración. Traté de identificar cada aspecto anatómico que había leído de los libros de anatomía. Y aunque la idea de que estos órganos habían estado alguna vez dentro del cuerpo de una persona paso por mi mente, esta se esfumó rápidamente. Eran objetos de estudio, nada más. Y había que aprender de ellos, cada aspecto se su estructura. 
     Lo interesante viene cuando ves todo el bloque de órganos por completo, cuando vez tu primer cadáver. 
     No olvidó mi primer cadáver. 
     Fue en el servicio forense. Y era una rotación anexa a las clases de anatomía de la carrera. Cuando iba en camino a la primera sesión no dejaba de tener nervios. Recordaba que cuando niño, uno de mis tíos había fallecido. Complicaciones de la diabetes, habían dicho mis padres. Con cierto miedo me acercaron al féretro y contemplé su cuerpo. Estaba vestido, con la barba recortada, la piel sin ningún cambio visible. Parecía solo estar dormido. Pero ese día había que ver una autopsia. Sin duda, la experiencia nada tendría que ver con la de mi tío fallecido. 
     Nuestro grupo llegó a la hora acordada al servicio forense. Intercambiamos una palabras. Nadie había visto un muerto, no en las condiciones que tendríamos oportunidad de tener. La secretaria había ido a buscar a nuestro tutor, y regresó rápidamente. 
     —Pasen por la puerta, ahí los espera el doctor y su ayudante —nos indicó la señora de edad avanzada. Casi pude ver una ligera sonrisa en su rostro, como respuesta a nuestro nerviosismo—. No olviden su cubrebocas —nos gritó con forzada amabilidad mientras nos dirigíamos a la entrada de la sala de autopsias, aún mostrando esa sonrisa maliciosa. 
     Pasamos a la espaciosa sala. Había una pared con un montón de abolladas puertecillas de metal cromado ocupando una pared desde el piso al techo. Eran los refrigeradores. Uno de ellos estaba abierto, con la plancha de metal afuera. Ahí estaba un cuerpo, un hombre. Tenía la piel verdosa, el cuerpo hinchado (como a punto de explotar) y manaba una fetidez  tan intensa que algunos de mis compañeros comenzaron a arquear y a mostrar gestos francos de desagrado. No, el cubrebocas no servía de nada. A los pocos minutos de contemplar de lejos aquel pútrido cadáver (excepto algunos que no soportaron esa escena), por la puerta lateral entró un técnico forense. Nos sonrió fascinado por nuestra reacción. Era muy probable que ese cuerpo fuera dejado fuera del refrigerador adrede, sólo para hacernos pasar un mal rato. 
     —Perdón —expresó mostrando una hilera irregular de dientes y mientras empujaba la plancha con el cadáver dentro del refrigerador—. Este no es su «cliente» —concluyó sin desdibujar la sonrisa en su rostro—. Su muertito está por allá —dijo señalando una plancha con pequeños azulejos crema, opacos de tanto uso y lavado. 
     Ese era nuestro primer muerto. No el cadáver verde a nuestra llegada. Solo lo vimos de lejos, nadie lo tocó. Nos acercamos al otro cadáver movidos por el morbo, aunque el miedo y el nerviosismo nos invadiera totalmente. Era un sujeto masculino, rondando los treinta años. Tenía sangre en el pecho y un orificio del lado izquierdo. Era evidente su causa de muerte. Y sin embargo, dejando de lado el agujero y la sangre en el pecho, aquel individuo parecía estar dormido sobre la plancha. Para ser nuestro primer muerto, no parecía demasiado malo de ver. 
     —Buenas días, jóvenes —nos saludo el médico forense, nuestro tutor en la disección de cadáveres, tras haber entrado a la sala mientras contemplábamos con curiosidad que cadáver—. Veo que quieren comenzar. Ya conocieron a mi técnico, el nos hará el favor de iniciar la autopsia mientras yo les explicó el procedimiento... 
     A continuación, el técnico, un hombre mayor y con una calva que intentaba ocultar inútilmente con el escaso cabello caño que nacía a ambos lados de su cabeza, tomó un enorme cuchillo y de sopetón hizo una incisión en el cuero cabelludo desde una oreja a la otra. Después, separó la piel y la traccionó la mitad hacia atrás y la otra hacia adelante dejando el cráneo al desnudo. En seguida tomó una sierra y con gran habilidad abrió el cráneo para exponer el cerebro. Corto unos tejidos por aquí y allá, y en un santiamén extrajo la totalidad del cerebro, cerebelo y tallo encefálico. Lo analizó, peso y lo dejó a un lado del cadáver. En seguida, hizo una incisión con el mismo cuchillo sobre el pecho y se extendió el corte hasta el abdomen. A ratos, tomaba el cuchillo para extraer algún órgano, ya fueran los pulmones, el corazón, un pedazo de hígado y un riñón. Mientras, nuestro médico tutor nos informaba cada paso del proceso. Nos instó a colocarnos guantes y tocar los órganos extraídos. Las clases de anatomía aún no habían avanzado mucho, por lo que desconocíamos los aspectos finos de los órganos. Más que nada actuábamos con morbo. Tocamos las consistencia y observábamos las formas. Manipulamos los órganos extraídos con mezcla de curiosidad y de recelo. Algún día sabríamos más de ellos. Por el momento, sólo era la novedad de conocer aquello que en etapas previas sólo conocimos en burdos dibujos de libros de texto. 
     —...De esta forma es como se hace una autopsia. Dependiendo la sospecha o si se requiere más análisis, se pueden pedir estudios de patología, microbiología o análisis químicos, por decir algunos —continúo el profesor en su perorata interminable. Y seguiría así por otros minutos más, mientras los órganos se devolvían a las cavidades de aquel cadáver. 
     La inminencia de contemplar mi primer cadáver me había llenado de cierto temor. No a que se levantara como zombi (o tal vez si), sino a mostrar debilidad e incapacidad para soportar la vista de un cuerpo muerto y con sus órganos al aire. Si eso pasaba, posiblemente mi incipiente carrera de Medicina terminaría prematuramente. Sin embargo después de aquella primera sesión, me sentí aliviado. El miedo se disipó y no tuve indicios de repugnancia. 
     Y más aliviado cuando a la media hora me encontraba pidiendo dos gorditas de migajas y otra de chorizo a la señora de la Facultad que satisfacía nuestra hambre matutina. Eso era suficiente muestra de que aquella experiencia no podría afectarme en forma alguna... 

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