Puntos y puntos.

—El vendaje Velpeau tiene su forma precisa de hacerse —expresó con seguridad la médico interno de pregrado—. Se cruza por aquí, luego se le da una vuelta así... ¡Y listo! —expresó triunfalmente. 

La verdad. Me quedé impresionado por la seguridad con la que nos enseñó la forma de hacer ese vendaje. Se veía segura de su actuar. 

—Fue un trauma el que me enseñó a hacerlo correctamente. Si quieren saber de vendaje, férulas y yesos, acérquense a los traumas. No todos son amables, pero siempre hay alguien que les puede enseñar... 
El vendaje se veía impecable. Y el consejo de acercarnos a estos especialistas obedecía a que sabía que en un par de años nos tocaría estar en su lugar. Éramos los futuros médicos internos de pregrado, el siguiente eslabón dentro de la larga carrera de medicina. 
Cuando escogí esta carrera, no tenía la más mínima idea de lo que tenía por delante. Sabía que se duraba siete años, algo muy por arriba de las carreras elegidas por otros compañeros de la escuela preparatoria, comúnmente con duraciones de tres o cuatro años. De estos siete años, cinco son invertidos dentro del aula, inmerso en interminables clases de las áreas básicas (incluidas las complicadas anatomía, fisiología y bioquímica) y las clínicas (con las distintas ramas de las especialidades de medicina internas, cirugía, ginecología y obstetricia, y pediatría). Ahí era una larga sucesión de libros, apuntes, clases, presentaciones y exámenes. En cuarto y quinto año se agregaban a las clases pequeñas guardias de 4 horas cada quince días en urgencias de un hospital. En esos breves lapsos de tiempo teníamos contacto con pacientes reales, haciendo diagnósticos y ejecutando procedimientos reales, aunque por nuestro estado evolutivo dentro de la medicina, siempre se trataba de casos sencillos. Después de esos cinco años mayoritariamente inmersos en las aulas, la biblioteca y alguno que otro laboratorio, seguía un año de internado, rotando en las distintas áreas del hospital. Finalmente, el séptimo año es el de servicio social, realizando consultas generalmente en un poblado abandonado de la mano de Dios y del gobierno fuera de la ciudad. 



Ahí estaba, iniciando el cuarto año de la carrera, en una de las pequeñas guardias en urgencias, una pizca minúscula de lo que sería el año de internado, el período de la carrera de medicina más difícil, exigente y extenuante física, emocional y mentalmente. Para quien no sepa lo demandante de este período, habrá que explicarlo. De lunes a viernes había que acudir al hospital desde las 7 de la mañana hasta las 4 de la tarde (más o menos). Y cada tercer día, había que permanecer en guardia todo el día (noche incluida). Cada día con guardia se inicia a las 7 de la mañana y se sale al día siguiente a las 4 de la tarde (más o menos). Después un día normal y al día siguiente una nueva guardia. Es lo que se denomina como guardias ABC (aunque ahora ya son guardias ABCD, es decir, un ciclo un poco más relajado). Explicado de otra forma, si uno tenía guardia el lunes, la salida era el martes por la tarde. El miércoles solo era de 7 a 4 y el jueves nueva guardia, reiniciando el ciclo. Así por un año. Cada dos meses cambiamos de servicio, los cuales son seis: Medicina interna, Cirugía general, Medicina familiar, Ginecología y obstetricia, Pediatría y Urgencias. Cada uno con sus retos y dificultades. Cada uno enseñándonos distintos conocimientos y adieztrándonos para adquirir diferentes habilidades, lo esencial para ejercer la Medicina general. Si había suerte, uno podía dormir un poco durante la guardia. Muchas veces no existía ese lujo debido a la carga de trabajo. Nunca faltan cosas por hacer. 
Por el momento, solo era un estudiante, uno de cuarto año impresionado por aquella médico interno que sabía poner vendaje tipo Velpeau impecables... 


El ambiente era caótico. Apenas era media tarde y la afluencia de pacientes incrementó notablemente. Se habían reportado un par de accidentes y varios pacientes descompensados requerían manejos prioritarios. Como estudiantes, ayudábamos como podíamos y sabíamos. Casos simples, sólo para permitir que los médicos de verdad atendieran a los pacientes más graves. Uno de mis compañeros se estableció en el área de yesos, no parando de colocar férulas durante la pequeña guardia. 
—¿Me podrías ayudar en procedimientos?  —preguntó la médico interno— Hay un borrachín que se estrelló contra un ventanal y tiene una «heridita» en la espalda... 
En ese momento estaba llenando una hoja de atención, una joven con diarrea aguda, nada del otro mundo. Como estudiantes, nos permitían atender esos casos sencillos. Con eso íbamos adquiriendo confianza para dar una consulta e iniciar tratamientos nada sofisticados. 
—Déjeme terminar con esto y voy, doctora—respondí. 
Lo que ella ignoraba es que en mi vida había hecho una sutura. No en un sujeto vivo. Creo que ni en uno muerto. Pero estábamos ahí para aprender, ¿no? Así que terminé la atención de la joven con diarrea y fui a la pequeña área de procedimientos. Y ahí estaba la médico interna, retirando las roidas ropas de un sucio hombretón. El ambiente estaba impregnando de alcohol, mucho menos del que aquel sujeto tenía en sus venas. Aquel sujeto roncaba plácidamente, como si estuviera en otro lugar y no en aquella bulliciosa sala de urgencias. 
—No te costará trabajo. El alcohol lo tendrá tranquilo para que le cierres la herida—comentó la médico interno—. Así que lúcete... 
Mientras decía eso, retiro la engrasada camiseta de aquel individuo dejando al descubierto una herida de poco más de treinta centímetro de longitud. La médico interno la revisó tranquilamente. Yo estaba lejos de estar apacible. 
—Hay un pequeñísimo problema, doctora...—expresé antes de que me abandonará con aquel paciente. 
—No me digas que te da miedo la sangre—dijo en tono burlón—. De hecho, la herida es muy larga, pero poco profunda y ya no esta sangrando —comentó como consuelo. 
—No, no. No es eso. Es solo... Solo que... Pues no sé suturar... 
—¡Ah! Estaba pensando que si te daba miedo la sangre... Es que ha venido cada estudiante que le tienen pavor a las heridas y a cualquier fluido corporal. No sé qué pensaban al estudiar medicina. ¿Acaso creían que iban a hornear pasteles? —comentó riéndose—. Lo tuyo se corrige fácilmente... 
Fue a la pequeña mesa donde estaba todo el material para tratar heridas. Tomó isodine, gasas, anestesia en una jeringa, un equipo de sutura, un paquete de sutura y un par de guantes. Comenzó enseñándome como lavar una herida. Después prosiguió con la anestesia, la cual aplicó con la jeringa a lo largo de la herida. Aquel desaseado sujeto apenas rechistó. Finalmente, me enseñó como debía hacer los puntos de sutura, dos tipos de ellos.
Tras unos cuantos puntos de sutura se retiró los guantes y me ofreció unos a mi.
—Tu turno. 
Me calcé los guantes nerviosamente. Tomé el portaagujas y coloqué la aguja de la sutura tal como me había enseñado. En la otra mano, una pinza de disección. Me acerqué al paciente e intenté dar el primer punto. La piel estaba dura y la aguja se desacomodó del portaagujas sin haber penetrado en la piel. 
—Firme, no tengas miedo —animó la médico interno—. La piel en la espalda es gruesa y dura. Toma firme el porta y da tu punto siguiendo la curvatura de la aguja.
Volví a intentarlo. Finalmente penetró la piel. Después el otro borde de la herida. En seguida el nudo. La médico interno me hizo un par de recomendaciones para hacer el nudo cuadrado y sin quedar demasiado flojo o apretado. Al final, mi primer punto, en un sujeto vivo, tranquilizado por el exceso de  copas. 
—Ahora lo mismo en toda la herida, por favor —dijo marchándose del lugar—. Cualquier cosa que necesites, me gritas... 
—¡Oh! O... Ok... 
Me llevé varios minutos en suturar esa herida. El tiempo había pasado rápido para mí, aunque al ver el reloj vi que era más tarde de lo que pensaba. Contemplé mi obra. Algunos de los puntos estaban chuecos, otros no se veían tan bonitos, pero la herida ya no estaba abierta. Su piel había sido cerrada totalmente por mi... Casi. 
—Mira, que bien —dijo la médico interna apareciendo de repente en el área—. No está para premio, pero al menos ya no está abierta la herida. Buen trabajo. 
—Gracias por enseñarme y dejarme hacerlo... —dije agradecido. 
—Bien... Hay otro señor y una joven que tienen unas heridas, ¿las quieres hacer? 
No lo dude y acepté seguir suturando. No lo había hecho antes y haber suturado al borrachín me había dado un poco de confianza para hacerlo. 
A partir de esa tarde, y en la medida de lo posible, elegía el área de procedimientos en las «miniguardias». Siempre solicitaba dos equipos de sutura: mientras usaba uno, el otro se iba esterilizando en frío, para no perder mucho tiempo esperando entre uno y otro procedimiento. En una cirugía observe a un neurocirujano usar un portaagujas con tijera, con lo cual aplicaba puntos y los cortaba sin necesidad de cambiar de instrumentos. Quería un portaagujas similar y no paré hasta lograr conseguirlo. Fue mi instrumento más preciado en esas «miniguardias». 
Cerrar una herida con una sutura resolvía rápidamente un problema. Los casos que nos dejaban tratar eran sencillos: una cortadura de dedo con un cuchillo, el imprevisto encuentro con un vidrio roto o una lámina de bordes filosos en el trabajo. No era mucho. Pero como estudiante de medicina, ya era un logro. El área de procedimientos se convirtió en mi lugar favorito en las «miniguardias». Curar heridas, cerrar heridas con puños de sutura. Una y otra vez. Suturas e instrumental. Con pequeños pasos así, iniciamos el camino hacia lo que nos gusta. Aunque por el momento, aún no lo tenía contemplado en mi futuro... 

Comentarios