Entrenamiento.

—Ahorita que termine el pase de visita necesito conversar seriamente contigo —expresó el cirujano de guardia, el adscrito del turno vespertino.
Estábamos en el pase de visita de la tarde, el cual era mucho más llevadero que el matutino. Por las mañanas, casi todos los especialistas (un puñado de cirujanos, endoscopista, cirujano de tórax, oncólogo, cirujanos plásticos y urólogos) pasaban visita con cada uno de los pacientes de piso, independientemente de la asignación que tuvieran. Nunca faltaban los señalamientos a errores (muchas veces irrelevantes) o las llamadas de atención por detalles. Y por supuesto, los famosos castigos. Castigos que en forma oficial no existían, pero que en la realidad los residentes de mayor grado asignaban y que los jefes se hacían de la vista gorda en todas las ocasiones.
Por la tarde, era distinto. Solo dos cirujanos de guardia y solo algunos residentes pasaban visita únicamente con sus pacientes asignados. Así que cuando aquel cirujano me hizo ese comentario repase en qué había fallado durante su pase de visita. Y no recordé nada. Ni un solo desliz. Teniendo media docena de pacientes a su cargo, la tarea fue sencilla. La solicitud fue discreta, sin que los demás se dieran cuenta. Dado que su personalidad era así (un médico que no gustaba de ridiculizar en público), tampoco podía tomarse como señal de nada. Eso sin contar que castigar no era su estilo. Y de hecho, nada en él congeniaba con los estilos del grupo de cirujanos de la mañana. Sus criterios, sus formas de operar, sus abordajes, su personalidad era muy distinta a la del resto de sus compañeros. Es por ello que recibía pusilánime críticas por gran parte de la bandada quirúrgica matutina. 
Hacia algunas semanas había concluido el primer año de la residencia de cirugía. El flamante primer año. Un año donde mi principal arma de trabajo era una destartalado máquina de escribir. Gracias a ella hice un montón de ingresos y otro puñado de indicaciones. Terminando el primer año, me deshice de ella. ¿Y de cirugías? Casi podría considerarlo como un año perdido. Me tocaba instrumentar, ayudar y solo en contadísimas ocasiones operar. Y operar cosas sencillas. En ese primer año contemplé los primeros procedimientos de mi compañero de grado. Y la celebración de sus logros por los adscritos. Yo seguía sacando lipomas y quistes, tomando biopsias y quitando dedos necróticos de los diabéticos. 
Llegado el segundo año, hubo una reestructuración de las guardias. ¿La buena? Dejaba la guardia de la residente superior. Y son ello, su despotismo, su tiránica necesidad de ordenar que todos los que estuviéramos abajo hiciéramos nuestro trabajo y el de ella, y su odioso tono de voz. ¿La mala? En mi guardia solo estábamos un médico interno y yo. Un castigo, supuse. Ni hablar. Sin demasiada práctica por un año y con este nuevo ciclo estando sólo, ¿qué podría salir mal? 
Pues básicamente todo. 
Y lo más terrible era que apenas si tenía noción del problema. 
El pase de visita de la tarde finalizó. El grupo de internos y residentes se alejó por el pasillo del piso de cirugía. Yo me quedé con el adscrito, en espera de la reprimenda. A un lado estaba el aula donde cada mañana tomábamos clases. La abrió y cortésmente me invitó a entrar. Porque así es él, discreto. Al menos nadie vería el regaño. 
—Siéntate, por favor—dijo indicándome una banca cercana. 
Le obedecí. 
—Mira... No sabía cómo comentarte esto. Así que lo haré de la forma más directa. Básicamente, eres un desastre... 
Me quedé sorprendido. Y no porque nunca me lo hubieran dicho. O algo similar. Era por quien me lo decía. Y la forma tan discreta. Posiblemente estaba tan acostumbrado a las reprimendas públicas que aquello me parecía sorprendente.
No dije nada. 
—Todo mundo en el quirófano se queja de ti—abrí mi boca pero un ademán suyo me indicó que guardará silencio—. Dicen que eres lento, que tus cirugías sangran mucho y tus heridas son horribles. Los anestesiólogos no quieren que operes y las enfermeras quirúrgicas dicen que dudas mucho, que es un suplicio entrar contigo... Quieren que entre yo a operar contigo. 
No dije nada. No podía expresar nada. Era un sentir en el quirófano el cual ignoraba por completo. Un golpe al pequeño ego. Sabía que me faltaba mucho por aprender, que tenía rezago, que mis habilidades no eran muy buenas. Pero saber de las quejas de medio mundo me tumbó de mi nube. 
Estaba abatido. 
Tenía deficiencias, pero soñaba que mágicamente podrían borrarse. Siguiendo el curso que llevaba, aunque fuera claramente errático. 
—Cómo yo lo veo, tienes dos caminos. El primero, dejar este negocio. Si no quieres ser apto para esto, mejor dejalo. No es malo buscar otros caminos si este no te funciona. El segundo camino es continuar aquí, pero superarte continuamente. Ahí te puedo ayudar. Pero solo si tu quieres. Te voy a presionar, te voy a exigir, te voy a enseñar varios trucos, pero tu responsabilidad va a ser estudiar, esforzarte y dar mi consulta cuando no tengas guardia. Esos días de consulta quiero leer, ver tele o estar en la cafetería. 
Me quedé pensando. Y no porque realmente estuviera sopesando los dos caminos. Porque definitivamente quería seguir en el juego. Lo que llenaba mis pensamientos era el acto de saber que alguien arriba sentía una preocupación real por tu futuro. Nadie había tenido ese gesto, ninguno de los cirujanos de los demás turnos. Y no tenía que importarles un caso como el mío. Eso daba más peso al gesto. 
—Entonces, ¿que decides? 
—Si, doctor. Yo doy su consulta. Sin problema. Todos los días. Y si en la guardia no hay nada, también me encargo. Y le agradezco su propuesta. Me esforzaré, se lo prometo. 
—¡Perfecto! Hoy tengo consulta, así que hoy comienzas... —expresó satisfecho.
Estaba de postguardia, con sueño y cansado. Pero el compromiso estaba hecho. Fui a la consulta. Tenía que comenzar mi trato...
—No se preocupe por su consulta. Prácticamente ya está hecha —le expresé—. ¡Y muchas gracias! 
—Anda, voy a estar en rayos X. Si tienes dudas, puedes ir a preguntar, pero espero que no lo hagas...
Corrí al consultorio. El sueño podía esperar... 



Abrir, cortar, controlar el sangrado. Luego llegar a la cavidad. Buscar. Mis dedos inexpertos percibían todos los tejidos iguales. Solicité una pinza, para ayudarme. Mi Maestro estaba a un lado, observando. Durante los procedimientos apenas expresaba algo. 
—No —ordenó a la instrumentista—. Toca los tejidos, ve con tus dedos —me ordenó. 
Volví a meter los dedos a través de la herida. Toqué, palpé las consistencia. Me guíe por una consistencia más sólida. Seguí el camino y encontré el apéndice inflamada. La capturé con los dedos y la atraje a la incisión. 
—Aquí está —dije gustoso. 
Mi Maestro salió de la sala. Resequé, lave y comencé a cerrar. 
Una vez terminada la cirugía y hechos los documentos, me reunía con él. Era el momento de las críticas. Esa vez alabó que logrará identificar digitalmente. Pero criticó el tiempo empleado para abrir. 
—Ya has hecho ese tipo de incisión. No pierdas tiempo. Tarda tiempo en el punto importante de la cirugía. Tarda en buscar el apéndice, en disecar la vía biliar o en la anastomosis. Ahorra tiempo al abrir o cerrar más rápido. Sé cuidadoso en el momento relevante de la cirugía. Ahí tarda lo necesario, sin abusar... 
Así fue por meses. Menos tiempo abriendo y cerrando. Avanzando la cirugía en sus distintos pasos. Si la incisión la hacía de un tamaño, pedía una incisión menos amplia cada vez... 
—Muéstrame dos dedos juntos —dijo una vez. 
Levante mi mano y se los mostré. 
—De ese tamaño quiero la incisión para esa apéndice —indicó. 
—Es muy pequeña —dije. 
—De ese tamaño o dejas de operar mis pacientes...
Evitar al máximo el uso de drenajes, anastomosis a un plano, manejos conservadores cuando se podía, agresivos cuando se requiriera. Estudiar, leer técnicas nuevas y viejas. 
—No siempre tendrás lo necesario para una cirugía moderna. Una técnica vieja puede llegar a ayudarte. Un cirujano tiene que tener la capacidad de ser un artista, de crear en el campo. Hazlo con conocimiento de la cirugía. 
Consulta y más consulta. Sus pacientes valorados. Los días de cirugía acompañado de mi Maestro, apenas expresando algunas palabras, alguna indicación breve. Educado, sin humillar en público, sin groserías, un caballero. 
Recibí críticas en la mañana. «El consentido de la tarde» se cansaron de decirme. Y criticar su actuar, sus criterios, sus manejos. Lo defendí desde mi posición. Él hizo más por mí que todos ellos. Nunca tuvo obligación de hacerlo. Dar su consulta fue un pago mínimo. Al final, eso mismo me hizo crecer también... 


—¿Te pusieron alguna objeción para la cirugía? 
—No, doctor. Y eso que faltaba una hora para que terminara el turno. 
—¿Y sabes por qué? 
—Porque tengo su aval... 
—No. Si yo me metiera a operar, ahí si. Pero ahora es tu trabajo. Ahora ya no hay quejas hacia ti. Ahora no hay reclamos porque tardas o porque haces cirugías muy sangrientas. Tu trabajo hablará por ti. Tu trabajo te abrirá puertas. No te quedes ahí. Sigue exigiéndote. Sigue leyendo. Un cirujano no deja de aprender. Soluciona problemas, no los fabriques...
—Si, doctor. Muchas gracias. Jamás olvidaré lo que hizo por mi... 
—No me lo agradezcas. Mejor ve a dar mi consulta. Quiero ir a ver la tele... 
—No se preocupe por su consulta. Prácticamente ya está hecha —le expresé como la primera vez—. ¡Y muchas gracias! 

«Nunca me voy a olvidar de quién me dio la mano cuando se me caía el mundo». 
Anónimo.

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