Indolencia.

—...Que mejoren los tiempos... —fue la expresión de la anestesióloga, tajante e insensible— La vamos a diferir... —expresó, mirándome a los ojos.

—Haga lo que tenga que hacer, doctora —respondí, levantando las manos, aún tranquilo. 

—Pues es que se transfundió y los tiempos en vez de mejorar se alargaron —expresó justificándose. 

—¿Será por la sepsis, doctora? —le pregunté sarcásticamente. 

—Pues si, pero además mira la hora que es... 

Contemplé el monitor. Eran las 12:30 justas. Teníamos aún hora y media por delante del turno. 

—Pues tenemos una hora y media, doctora... 

—Pues ya es tarde —replicó. 

—Usted sabe que yo no pierdo tiempo en mis procedimientos, que no soy lento... 

—Si, yo lo sé... 

—¿Entonces? —pregunté, ya discretamente molesto. 

—Que si la tengo que intubar y subir así, viene el cambio de turno y nos vamos a tardar. 

—Entonces ponga eso en su nota y difierala. 

—El problema es que lleva dos días hospitalizada y hasta ahorita es una urgencia. A ver, ¿qué hicieron ayer en la tarde o en la noche? Y es hasta ahorita que se convierte en urgencia. 

La miré fijamente. Esa no era para nada una queja nueva. Y mucho menos de esa anestesióloga. 

—Créame que no me interesa lo que hicieron o no hicieron en los turnos pasados. No respondo por ellos... En cambio si respondo por este turno y el problema lo tenemos aquí... —respondí. 

Esa queja es tan común que resulta cansada. «¿Qué hicieron en los turnos pasados?», es el alegato clásico. ¿Realmente importa? Si alguien se está ahogando en el mar, ¿nos detenemos a preguntar porqué el salvavidas antes de nosotros no se lanzó al mar, sólo para ahorrarnos la molestia? La persona se está ahogando. El problema está ahí. Si alguien no puso la bandera correcta que advierta sobre un mar agitado, si nadie dispuso de suficientes chalecos de flotación o si el sujeto se lanzó sin saber nadar, eso no importa. Nada importa, sólo el que el salvavidas haga su trabajo en el momento que se solicite. Después se podrá preguntar todo lo que se desee. Pero en el momento de la emergencia, se tiene que resolver el problema. 

—Es que ni siquiera la pusieron en condiciones. 

La paciente en cuestión era diabética, hipertensa, con enfermedad renal crónica y obesidad mórbida. Y se había agregado un absceso perianal. Aunque se había drenado a su ingreso, aún mostraba tejidos necróticos, secreción purulenta y un eritema de casi toda la nalga. Tenía un foco de infección y tenía que tratarse a la brevedad. Eso descontrolaba todo. Y la coagulación no había sido dejada de lado. Se transfundieron plasmas para mejorar todo, pero no funcionaron. La sepsis la estaba deteriorando. 

—Se transfundieron 2 plasmas... 

—Y no funcionaron —replicó. 

—Si no se logra controlar la infección, por más que se haga, no la alcanzaremos —repliqué de regreso—. Entiendalo, estamos llegando al punto de no retorno. Si lo pasamos, ya nada podremos hacer después...

—Pues ponle una nota que es urgente. 

Acto seguido, ordene al residente que hiciera la nota que deseaba. Que expresara la situación de la infección, que requería la debridación para iniciar el control del foco infeccioso a pesar del alto riesgo que conllevaba hacer todo eso. Posiblemente así podríamos evitar esa avalancha de descontrol metabólico de la paciente. Tratar de controlar y corregir podría agregar un peligroso retraso en el control de su grave infección. Además, no había garantía alguna de que se llegara a alcanzar ese control... Teníamos que detener esa avalancha, con todos los riesgos que eso llevaba. 

Una vez colocada la paciente en la mesa de operaciones, comenzamos el trabajo. Se veía tan frágil, tan deteriorada. Apenas si podía mantener los ojos abiertos. Apenas si se comunicaba musitando sus palabras.  Arrastrándolas. Debridamos y lavamos más rápido posible. No era un trabajo completo. Tendría que ser sometida a nuevos aseos  quirúrgicos en lo subsecuente. Solo había que esperar que el esfuerzo de ese día sirviera para controlar la grave infección. A veces, subirnos en el carro de la indolencia es fácil y tentador. A pesar de que muchas veces esa indolencia puede ser una verdadera asesina... 


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