Adiós al largo sueño.
Los gritos se escuchaban en todo el pasillo. Gritos que no eran de dolor. Los médicos no hubieran permitido que fueran de dolor. Lo hubieran inundado de analgésicos hasta que cualquier mínima sensación de ese malestar fuera borrada. No era eso. Un par de gritos más. Eran inhumanos, como aullidos de desesperanza que rasgaban la noche. El joven interno de pregrado había alcanzado a apartar una destartalada colchoneta para dormir unos minutos. Y justo en ese momento, habían comenzado los gritos que reverberaban en todo el piso de Medicina Interna. Los pacientes comenzaron a alterarse, el personal de la noche también.
El médico interno se había levantado solo por curiosidad. Era su diminuto turno de descanso, pero le era imposible conciliar el sueño en ese ambiente. O tal vez si, si hubiera estado suficientemente cansado. Él tenía tenía mucho sueño, pero también le asaltó la curiosidad por saber del paciente. Así que se levantó de la vieja colchoneta y fue a la habitación donde manaban esos gritos.
Ahí estaba la médico residente de Medicina Interna, al pie de la cama de aquel paciente. Era un joven, no sobrepasaba los 19 años, y se revolvía en su cama incontrolable, inquieto. De vez en cuando gritaba en esa peculiar forma de aullido. Al silencio de la noche sonaba escalofriante. Parecía una posesión por algún ser sobrenatural instaurado en el corpachón de ese joven. La residente preguntó a la enfermera si demoraría más el sedante. Necesitaba tranquilizar al paciente antes que todos los demás enfermos comenzaran a quejarse.
A un lado de la camilla, el padre de aquel joven. Un padre que guardia con guardia se observaba ahí, acompañando a su muchacho. Se veía cansado y no era para menos. La hospitalización de aquel joven se había prolongado por semanas. Había ingresado por un descontrol en sus crisis convulsivas causadas por un puñado de cisticercos instaurados plácidamente en su cerebro. Una muy mala suerte. Después se agregó una neumonía y una infección urinaria. Luego unas úlceras en su espalda, producto de tanta permanencia en cama.
—Cálmate, hijo. Ahorita los doctores te van a poner algo para que descanses —expresó aún con tono cariñoso el agotado padre.
El joven volvió a aullar. Más fuerte. No tenía forma de responder conscientemente a su padre. Todo rastro de conciencia había sido borrado por los parásitos en su cabeza. Ya no había un sujeto pensante ahí. Era un ser que necesitaba de alguien para poder comer, para cuidarse, para sobrevivir. Y ese alguien era su padre. Siempre a su lado, estoicamente.
La medicación llegó y rápidamente fue administrada. El joven se calmó y finalmente se quedó dormido. Se veía tan normal así, respirando suavemente. Era una mente echada a perder en un cuerpo fuerte. Sin los parásitos en su cerebro, a esta edad estaría en la Universidad persiguiendo chicas. Sin embargo, ahí estaba, una vida desperdiciada por la mala suerte. Y junto a él, su padre. Esa dupla permanecerían unas semanas más en el hospital. Recuperado, el joven sería enviado a casa. Pero antes, pasarían días en esa cama con soluciones y medicamentos, además de una que otra visita a quirófano para tratar esas úlceras en su espalda. El pequeño infierno del padre sólo cambiaría de lugar a su propio hogar. Era una sentencia, un tormento ver a su hijo en esa condición, sin ninguna posibilidad de recuperación. Solo se podía esperar que partiera hacia el descanso eterno. En tanto, posiblemente habría más ingresos al hospital, más consultas, toneladas de medicamentos y cuidados interminables.
Nada más se podía hacer.
Solo controlar las convulsiones y solucionar los problemas que se fueran presentando. Era todo lo que la ciencia de la medicina moderna podía ofrecerle...
La mujer buscó en su pequeño mueble el paquete. Sacó un par de bolsas, unas cajas y un par de libros sueltos. Al fin lo encontró. Era un libro nuevo, en su envoltura de plástico transparente. Era el «Principios de Neurología». Al tomarlo, el peso le sorprendió. Pasta dura y portada simplona. Apenas lo tuvo en mano le retiró el plástico a fin de hojearlo. Hojas satinadas, lo que explicaba el excesivo peso. Era persona que disfrutaba un libro nuevo en sus manos, el pasar de sus páginas nunca abiertas, lo límpido de su estructura. Pero la mayor emoción era por el libro mismo, la información contenida en él la cual aprovecharía al máximo.
Metió con cuidado el libro a su mochila tras haber pagado a aquella vendedora. Ese día no había labores o trabajos pendientes, así que disfrutaría a placer su nueva adquisición.
Salió corriendo a casa.
La Medicina es una ciencia compleja. Y sumamente ramificada. Se divide en especialidades según la edad, el estado fisiológico, por sistemas y órganos, y por nivel de gravedad. Hay cabida para todos los gustos. También se la puede tomar en sus bases y ejercer como médico general, algo que tristemente esta muy poco valorado en nuestros tiempos y sociedad. Es por ello que todo estudiante de medicina sueña con terminar la carrera y saltar a una especialidad.
Habiendo tenido un buen maestro del área de las neurociencias, no era extraño que la neurología se convirtiera en una opción para una futura especialidad. Una opción muy fuerte, casi única. Había sido instructor de neuroanatomía y le había fascinado el hecho que un órgano de poco más de kilo y medio de peso fuera el centro de lo que cada quien es, de la forma de pensar de cada individuo, la forma en que reacciona a su medio ambiente y de coordinar las respuestas en el organismo. Ahí estaban alojadas las emociones, los sentimientos, los recuerdos. Ahí estaba la forma de hablar, la capacidad de movimientos, las habilidades, los sueños, la coordinación hormonal, el crecimiento, el control de la temperatura, la regulación de los electrolitos y nutrimentos, y un largo etcétera.
En poco más de kilo y medio todo lo que es cada individuo.
Eso le fascinaba. Y si entraba al terreno de las alteraciones, el universo se expandía enormemente. Una lesión aquí y un individuo no podría reconocer a sus familiares. Otra lesión allá y sufriría de ceguera. Un infarto y no podría movilizar alguna o todas sus extremidades. Síndromes y enfermedades neurológicas, todas interesantes. Ese libro le fue revelando muchas de esas alteraciones. Un universo fascinante...
De ahí su sueño de seguir el camino de la neurología como especialidad.
El año de internado en el hospital representa un enorme reto para el que elige el camino de la Medicina. Un enorme reto físico y emocional. Si de por sí era difícil soportar las largas guardias, los pases de visitas, las curaciones, las tomas de laboratorios, el correr aquí y allá para tener todo para un procedimiento, las horas sin dormir, el correr de arriba a abajo en un hospital, los ayunos y las malas comidas. Lo difícil es cuando las emociones se ponen al límite ante la desesperanza, la angustia, el dolor y la muerte.
Aquel padre cuidando a su hijo continuaron su estancia en el hospital, aún después de finalizar su rotación por Medicina Interna, la segunda de su año de internado. Los pocos casos de neurología que contempló y en especial esa neurocisticercosis le hizo desistir de su sueño. No era lo que buscaba. Quería resolver problemas, solucionarlos. Aquel joven con los parásitos en su cerebro no tenía algún tipo de solución real. Estaba condenado. Y su padre estaba siendo arrastrado con él. Solo se podían controlar las convulsiones y mantener una sedación. Jamás podría tener una vida propia, una forma de hablar, una manera de agradecer a su padre los sacrificios vividos por su padecer.
Eso contrastaba con las páginas de aquel libro de neurología. No hablaba nada del dolor en los familiares, del agotamiento anímico, del agotamiento inmaterial.
Eso no le agradaba en nada.
Al final, el sueño de seguir el camino de la neurología fue abandonado. Disfruto las lecturas. La realidad no le atrajó lo suficiente para ir a ese destino. Tendría que buscar por otro lado...
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